La historia que quiso ser escuchada

“A luz dunha lampada cambiu a vida da humanidade, pero para facer algo tan sinxelo era necesario o wolframio para os filamentos. Este é un mineral que pódese utilizar para iluminar ou para fabricar armas, endurecendo o acero. Unha curiosa dualidade que levou a os alemáns a fixarse nestas minas en plena II Guerra Mundial”, Eva Abal Terrón, documental del 2006, Lobos Sucios.

Esta cita nos hace referencia sobre que paso en Galicia en el Siglo XX con el descubrimiento de la bombilla, por Thomas Alva Edison, un invento que ayudó a la sociedad a poder mejorar su calidad de vida nocturna y ha hecho tanto bien como mal.

España, es una de los países Europeos donde existe este elemento químico, de número atómico 74 y del grupo 6 de la tabla periódica de los elementos, y su símbolo es la W.
La extracción de este mineral, antes de la II Guerra Mundial, ya existía en Galicia y estaba en manos de los británicos y franceses, hasta que con la Guerra Civil Española, los militares se hicieron con el control de estas minas, siendo en 1939 de total pertenencia a España.

“En las vísperas de la II Guerra Mundial, la Alemania nazi, que no tenía en su territorio minas de wolframio, buscó desesperadamente una fuente para aprovisionarse de este mineral de importancia
estratégica. Frente a las previsibles dificultades de suministro desde China o Birmania en caso de guerra, tenía que encontrarlo en Europa, donde este mineral es escaso, ya que se da prácticamente sólo en Galicia, Portugal y en la provincia de Cáceres.

De este modo, Hitler reclama al gobierno franquista, como cobro por la ayuda militar y económica prestada durante la Guerra Civil, autorización para organizar dos empresas destinadas a la explotación del wolframio en Galicia. Como las antiguas de Beariz y Lousame ya estaban en explotación, los alemanes se dirigieron a dos zonas que prácticamente estaban sin explotar, el núcleo minero de Casaio y la comarca de Carballo.”, A REGUEIFA, Revista Cultural de Bergantiños Ano 1992, número 8.

Franco supo jugar a dos bandos, con los alemanes dándoles la concesión y con los americanos e ingleses dandoles wolframio por otras empresas españolas, como era la de Fontao, Lousame…
Cuando la II Guerra Mundial termina con la derrota de Alemania, Franco sigue utilizando las minas de wolframio, por la Guerra de Corea.

Debido a la coyuntura alcista creada para el volframio con la guerra de Corea, grandes y pequeñas concesiones se aprestaron a retomar la anterior actividad febril. E incluso aparecerán otras nuevas que desaparecerán en la década de los 60. La competencia de minerales procedentes de Asia llevará también al cierre en 1963 de las minas de Fontao (Pontevedra), subsistiendo por más tiempo, y no sin dificultades, los grupos mineros de Monte Neme (Carballo) y San Finx (Lousame).”

El wolfrmaio tubo una decadencia en precio e importancia estratégica al acabar las guerras, por eso muchas de las minas echaron el cierre a sus puertas y otras como la de Casaio, fue detonada la sala de maquinas por mano, según Isidro García Tato, miembro del Consejo Superior de Investigaciones Cientificas, en el Documental Lobos Sucios, por un representante de los nazis aquí, provocando así el fin del uso de esa mina.

Tenemos ejemplos de Casaio, el Monte Neme… que han estado en manos de los nazis y ahora mismo son zonas abandonadas y por otro lado en la mina de Fontao, la cual no estuvo en manos de los nazis, se ha restaurado la aldea minera y creado un museo.

Imagen

Esta foto pertenece a la mina de Casaio, en Ourense, era el lavadero del wolframio, propiedad de los alemanes nazis.

Con esta síntesis de sucesos narrados podemos visualizar con una mínima imagen de a donde queremos llevar este artículo. En este momento sabemos que los alemanes han estado por varias zonas de Galicia, algo que se desconoce por completo y creo que la gran mayoría de mi generación también. Con esta contextualización sabemos que podemos observar en Galicia referente a esto, como es el patrimonio natural, mateiral, industrial, cultural y sobre todo un patrimonio milenario, la memoria.

Borja Pérez González

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